Dios no sabe de deportaciones
María Feo
Detenida inesperadamente el día de su entrevista de inmigración, la autora relata su cómo su aislamiento se volvió comunión.
El día que acudía a mi entrevista de inmigración para cambiar mi estatus de asilada política al de residente permanente por petición de mi esposo, jamás imaginé que saldría esposada de manos y pies. Lo que debía ser un día de celebración se convirtió en la experiencia más transformadoras de mi vida.

María Feo nos narra decidió que el miedo no sería el protagonista de sus días.
Las primeras horas de mi detención fueron un intenso conflicto con Dios. No entendía por qué me ocurría aquello si había actuado conforme a la ley. Pero, agotada, hice la oración que cambió mi historia: “Señor, que se haga tu voluntad”.
Al llegar al centro de detención, algunas mujeres me dijeron que nadie recuperaba su libertad antes de tres meses. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, sentí con claridad en mi corazón: “No escuches a los demás. Escúchame a mí. Tú estarás aquí solo quince días”. Sin evidencias para creerlo, decidí confiar.
Mi única petición fue una Biblia, un lápiz y un cuaderno rayado. Sentí que Dios me guiaba a leer el libro de Isaías, desde el primer capítulo hasta el último. Mientras avanzaba en la lectura mi fe crecía. Dios no solo me sostenía a mí, sino que me llamaba a llevar esperanza a las mujeres que compartían conmigo aquel lugar.
Escuché historias de dolor y separación. Yo también tenía miedo, pero decidí que no sería el protagonista de mis días. Solo lloraba al bañarme; quería que ellas vieran la paz que Dios sembraba en mi corazón. Orábamos y cantábamos, descubriendo que ninguna reja impide que la presencia de Dios alcance una vida.
El día que terminé de leer Isaías sentí una paz inexplicable. Limpié mi habitación, ordené mis pertenencias, me puse la identificación sobre el uniforme y me senté a esperar. Minutos después, una oficial abrió la puerta:
—¿Está María Feo aquí? —Sí, soy yo.
—¡Oh, pero tú ya estás lista! Venga conmigo. Un oficial de inmigración quierehablar con usted.
Me informó que ese mismo día saldría libre bajo palabra. Mi abogado ya lo sabía y avisaría a mi esposo. La noche anterior, sin saberlo, yo le había preguntado por teléfono entre sonrisas:
— Baby, ¿mañana vienes a buscarme?
— Claro. ¿A qué hora quieres que esté allí?
— A las tres de la tarde.
Al día siguiente, exactamente a esa hora, allí estaba él, esperándome con flores y chocolates. Mientras caminaba hacia él, comprendí que Dios estuvo conmigo desde el primer instante. Las personas pueden ser detenidas por fronteras, pero el amor de Dios jamás. Por eso sigo creyendo que Dios no sabe de deportaciones.
